Los ojos de Marina

Los ojos de Marina

Los ojos de Marina

Marina es tímida. Mira atentamente lo que ocurre a su alrededor con intriga, pero también con recelo. Como si estuviera dentro de una jaula y nadie la pudiera rescatar. Su pareja la llama reiteradamente. “Marina, aquí”. “Marina, mira”. “Marina, dónde vas”. Marina espera con impaciencia a que llegue el autobús. Le espera un largo viaje para pasar un corto fin de semana en el Pirineo aranés. Mientras ella mira el reloj y se impacienta, un asiduo viajero le dice que no se preocupe, que el autobús que va hacia Vielha siempre llega tarde. La mujer, joven y desaliñada, se tranquiliza y se mira las botas de montaña que lleva puestas entre toda la muchedumbre urbanita que la rodea. Y con la voz de su pareja se vuelve a tensar. “Marina ya veo el autobús”, dice minutos después el hombre, también deslucido. La mujer, sin decir nada, se levanta del banco en el que aguardaba el autobús, se abrocha bien las botas, coge el bastón de madera que le ha dado su novio, suspira y se dirige hacia él.

El bus está casi lleno, por lo que la gente que esperaba en la última estación de Barcelona antes de enfilar la autovía tiene que sentarse donde puede. “Marina, dónde vas. Nuestros asientos son el siete y el ocho”, vuelve a imperar el hombre sin nombre, a la vez que importuna las ganas de libertad de la muchacha, que apenas contesta con los hombros. Y mientras ella mira a la gente, él rebusca los números asignados y hace levantar a los ocupantes de sus asientos. Los viajeros recurrentes se sorprenden de la situación, pero sobretodo se fijan en aquella pareja, que destila frialdad.

Los murmullos se adueñan del bus en su camino hacia las montañas. Después, la oscuridad y más tarde el silencio se apoderan del viaje a medida que se suceden las paradas. Sin mediar palabra en cinco horas, Marina y su pareja llegan a destino. El fin de semana se aprecia corto, apenas se puede disfrutar del sábado que el domingo ya está dentro de la maleta. Pero la gran belleza autóctona remedia la brevedad y entona unas horas de serenidad y de tranquilidad.

El domingo se levanta con lluvias, que no cesan en el adiós del Pirineo. El autobús que retorna a los araneses a la ciudad vuelve a llegar tarde. Los abrazos y los besos irrumpen entre el frío. Y como era de prever, en esa parada concurrida Marina y su pareja esperan bajo la lluvia. Sin tocarse. Sin hablarse. Con la mirada perdida de Marina, que se pierde entre el aguacero de otoño. Y repiten el viaje de ida: en silencio y mirando al frente, esperan llegar a Barcelona. En cinco horas, vuelven a una realidad que no han sabido cambiar. Y mientras sus figuras se desvanecen por la calle, los tristes ojos de Marina gritan aprisionados.

No hay comentarios

Publica un comentario