Bajo la lluvia

Bajo la lluvia

Bajo la lluvia

Dicen que el tiempo cura las heridas. No estoy de acuerdo. Las heridas perduran. Con el tiempo, la mente, para proteger su cordura, las cubre con cicatrices y el dolor se atenúa, pero nunca desaparece - Rose Kennedy

El cielo gris predecía que los paraguas se abrirían en compás. Las gotas comenzaron a caer y se convirtieron en un baile intenso. Llovía y Clara llegaba tarde al trabajo. La lluvia fría y húmeda en Barcelona es sinónimo de colapso. Tanto de tráfico como social. Hay algo en ella que saca la histeria que llevamos dentro. Aun así, Clara decidió coger un taxi. Allí se sentía más segura que ante la muchedumbre mojada y el incesante carrusel de la urbe. En su fortaleza temporal, la recibió una mujer de edad madura con una larga melena descuidada atada en una coleta desarreglada. Tenía ganas de hablar. Y habló hasta llegar a destino. Clara le seguía desde la distancia con monosílabos y se bajó del coche con una sonrisa a pesar de la tristeza que la apenaba. Eran malos tiempos para el amor. Y para la vida.

En la ciudad Barcelona hay más de 10.000 licencias de taxis. Para ser exactos, 10.481. El primer viernes de diciembre, Clara volvió a coger un taxi. Esa tarde también llovía, pero salado. Las lágrimas de Clara inundaban la ciudad. No era muy asidua a levantar la mano, pero esa tarde vivía un colapso peor que el del aguacero barcelonés. Sus emociones habían estallado y vivía un colapso personal. Se subió rápido en un taxi en dirección a casa de un amigo, buscando otra fortaleza donde arroparse, y cuando preguntó si podía pagar con tarjeta, la voz que le contestó le resultó familiar. Levantó la cara, abrió sus ojos enrojecidos por las lágrimas y entre el laberinto en el que se encontraba su mente en aquel momento, acertó: era la misma taxista que unas semanas atrás la había recogido en un chaflán mojado del Eixample.

«El dolor es el que nos hace sentir que estamos vivos»

La recibió con la misma energía que la vez anterior y, como entonces, la mujer tenía ganas de hablar. Sin embargo, fue Clara quien inició la conversación recordándole que ya se había subido en su taxi. Ante su sorpresa, la conversación se volvió todavía más cómplice y adquirió nombre. Celia es la propietaria de uno de los 10.481 taxis de Barcelona y cree en el destino. Y si alguien le debate, tiene respuestas que le dan la razón. “Un accidente no forma parte del destino, es algo que se entromete en él de manera involuntaria y hay que asimilarlo. Pero no es el destino”, dice convencida después de que Clara busque una retahíla de razones para asegurar que somos nosotros los que escribimos nuestra vida, no el destino. Pero en realidad, el destino existe y es sobre él donde vivimos la vida.

El destino es un cúmulo de oportunidades y elecciones. Emociones y sentimientos. De acción y de reacción. O de parón. Pero existe. ¿Pero qué pasa si se interpone un ‘accidente’ que no contemplabas ni en la peor pesadilla? “El dolor es el que nos hace sentir que estamos vivos”, le decía Celia. “Recuérdalo siempre”, insistía a Clara, que intentaba replicarle porque necesitaba que alguien le diera la razón, que nunca llegó -y ha llegado-. Un accidente se ha cruzado por su vida y la chica se ha quedado sola y se ha perdido. Cuando Clara bajó del coche seguía lloviendo. Eran sus lágrimas que mojaban la acera. Sólo sentía dolor. Punzante e infinito. Injusto e irracional. Pero el dolor le recordaba que estaba viva. Y mientras, las gotas caían. Caían y caían.

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