La brisa de San Francisco

La brisa de San Francisco

La brisa de San Francisco

Nuestras maletas maltrechas estaban apiladas en la acera nuevamente; teníamos mucho por recorrer. Pero no importa, el camino es la vida.

Jack Kerouac

Suma horas de coche y está cansada, pero los recuerdos le embisten de energía. Poco a poco atina a ver su destino. La autopista pasa de cuatro carriles a siete. Se acerca a la ciudad mientras disfruta del trayecto y las mariposas se instalan en su ombligo. Los carteles se van repitiendo con más frecuencia, las letras son cada vez más grandes y las flechas marcan una única dirección: San Francisco.

Llega la primera parada ante el elocuente tamaño del Puente de la Bahía. Es miércoles, por lo que paga los cuatro dólares del peaje que dan paso a los 7.200 metros que componen la plataforma de acero más larga del mundo. A medida que circula por los cinco carriles del puente, la estructura metálica oxidada por la humedad del océano precede a la ciudad, abordada por la boira y la brisa del microclima de la bahía. El puente se adentra en San Francisco. El distrito financiero de Market Street con decenas de personas encorbatadas o con faldas de tubo, no sin sus zapatillas, cede al downtown, formado por calles que forman una cuadrícula perfecta. Con una excepción: sus incesantes y desbordantes subidas y bajadas, con las que sin ellas San Francisco perdería parte de su encanto histórico.  La imperfección se hace todavía más encantadora con la diversidad de la ciudad. Suena música en Union Square, donde se da una mezcla étnica apasionante. Y, a medida que avanza, la gente disfruta de la ciudad a un ritmo tranquilo y calmado.

Mientras recorre las calles no puede evitar acordarse de Barcelona. Porque San Francisco tiene un aire a la capital catalana. Las fachadas victorianas de Alamo Square no se hacen esperar: las empinadas y estrechas escaleras llevan un color diferente a cada fachada estrecha que alberga hogares encantadores y que firman una preciosa postal de la ciudad.

La vida californiana 

Recuerda la brisa del Pacífico, con sus extensas playas respaldadas por acantilados, por lo que se dirige al barrio de Golden Gate Park, no sin antes bajar la ventanilla e inspirar la calma que desprende una ciudad serena.  A medida que cruza la ciudad recuerda las dos semanas que vivió en ella en 2010: las tiendas de flores frescas, las boulangeries con olor a pan y bollos recién hechos y la felicidad de una ciudad que transcurre contenta, que es moderna y que grita a viva voz su cosmopolitismo.  Fueron 15 días donde se adentró en el día a día de la urbe que enamora, más allá de la pertinente ruta turística.

Deja atrás la Pirámide Transamerica después de pararse y ceder el paso al tradicional y simbólico tranvía, lleno de turistas curiosos. A lo lejos ya ve el azulado océano y también el faraónico Golden Gate. La armadura roja preside el cabo de San Francisco y forma parte de la estampa sanfranciscana. Sin embargo, ya habrá tiempo de disfrutar de ella en un paseo con bicicleta que la llevará hasta Sausalito para acabar probando el vino californiano entre viñedos.

San Francisco, inmensa

Con la mirada en el oscuro océano, pasa las ruinas de los baños Sutro, baja por la avenida Point Lobos y se adentra en Ocean Beach. La playa destaca por la inmensidad de su fina arena, que se deja golpear por las agudas olas, las cuales la avasallan incesablemente sin permitir que la espuma la abandone. Y una tras otra, la engullen y la empapan formando una mandala indefinida e infinita. El mar bravo rebate el sosiego de la ciudad y deja en el aire la bruma característica de San Francisco. Está preparada para olerla y adentrarse en ella. Abre la puerta del coche. Apoya los pies, cierra los ojos, respira hondo, sus pulmones se llenan de bienestar y sonríe. Sonríe mientras el viento del Pacífico le enreda el pelo. Abre los brazos para que la brisa pueda llegar a todos los rincones de su cuerpo.

Está preparada para abrir los ojos y disfrutar de aquel momento, acompañado por el intenso oleaje. Y cuando va abrirlos… suena el despertador. Son las siete y media de la mañana. Al despertarse, ve su almohada. Se levanta de un salto y se da cuenta de que está en su habitación. La realidad que un día vivió ahora es un mero pero perfecto sueño. Para el recuerdo, un cuadro del Moma de San Francisco adorna una de las paredes y diferentes recuerdos de esa ciudad que jamás olvidará decoran el cabezal de su cama. Buenos días, Barcelona. Es miércoles y, qué demonios, ella quiere seguir soñando con San Francisco unos minutos más. Apaga la luz y se enrosca en su dulce sueño.

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