La viuda feliz

La viuda feliz

En los más de cinco años que hacía que compartíamos rellano, apenas habíamos entablado un diálogo de más de cuatro frases y que no fuera del tiempo o de lo lento y viejo que era el ascensor. Tópicos de cualquier comunidad de vecinos, pero trivialidades muy comunes. Coincidíamos casi siempre en el ascensor o mientras lo esperábamos y nos maldecíamos en silencio por su lentitud. Siempre estaba acompañada por su marido, un tipo más bajo que ella, seco y tosco. Él siempre iba por delante y le tiraba la sombra de sus hombros. De hecho, la mujer tenía un perfil bajo. Vestía ropa oscura y holgada que ocultaba su figura. Hacía tiempo que no iba a la peluquería, ya que las canas predominaban en un corte de pelo desigual y el flequillo le tapaba sus tristes y hundidos ojos, envueltos por unas amargas arrugas que la hacían setentona. Además, escondía la cara en su caminar introvertido y gacho. Otros pliegues más imprimidos le cruzaban las mejillas de arriba abajo. Me preguntaba si eran por la edad o por todas las lágrimas que le habrían brotado en la negrura de su matrimonio. Jamás la había visto sonreír, ni que fuera por cortesía. Y, en esos más de cinco años, tampoco sabía el nombre de mi vecina. Hasta que un día todo cambió: dejé de verla.

Las cartas asomaban por su buzón, lleno a rebosar. Tampoco había rastro de su rudo marido. Supuse que se habían ido de vacaciones a su tierra natal. Según me contó otra vecina, ésta más extrovertida, dicharachera y muy cotilla, eran de un pueblecito de Teruel y llegaron a Barcelona en busca de un futuro próspero a finales de los años sesenta, en pleno apogeo de una ciudad que crecía imparablemente y que se nutría de migrantes de todo el país. La vecina chismosa también me explicó que vivieron en el barrio de Sant Andreu un par de años antes de mudarse a un ático con vistas a la Sagrada Familia. Se ve que aprovecharon un ascenso laboral del marido para poder hacer frente al alquiler del piso, que ascendía a 50.000 pesetas, un capricho en aquella época pero una gran ganga en la actual, ya que, según la maruja, en la actualidad seguían pagando 300 euros por tener un contrato de renta antigua. Por eso, deduje que se habían ido a pasar unos días fuera: nadie en su sano juicio dejaría un ático tan barato con vistas al gran monumento de Gaudí.

Las semanas pasaron y, sinceramente, dejé de pensar en mis vecinos. Una tarde, cuando estaba a punto de cerrar las puertas del destartalado ascensor del edificio, una voz madura me dijo que la esperara. No la reconocí hasta que no la tuve delante. Vestía tejanos azules y una camisa con volantes de color turquesa. Lucía una lisa y bien peinada melena castaña. Una pinza con abalorios le recogía el flequillo, que dejaba al descubierto unos ojos castaños oscuros. E incluso le había cambiado el tono de la voz. Mi cara de desconcierto fue mayúscula, tanto que se dio por aludida. Coincidimos en decirnos que hacía tiempo que no nos veíamos. Más de un mes, concretamente. Lejos de hablar del tiempo, me explicó los motivos: había enterrado a su marido por un cáncer de pulmón fulminante. Apenas tuvieron tiempo de asimilar la noticia y de ordenar las cosas ante su futura ausencia, que Francisco, como así se llamaba él, yacía ya a dos metros bajo tierra en Montalbán, un pueblo al norte de Teruel de un millar de habitantes. Después de explicarme el motivo de su ausencia en Barcelona, se presentó por primer vez: “Soy Mari Carmen, por cierto”. Yo ya sabía su nombre, pero no porque me lo hubiera dicho ella en algún encuentro previo, sino por la charlatana de la finca. Aun así, hice como si no lo supiera y también me presenté. Desde entonces, ya no hablamos del tiempo, sino de la vida. Otro tópico muy común.

El luto de Mari Carmen ha durado menos que la enfermedad de su marido. Aprovechando que llenó decenas de cajas de cartón con lo que fue de su marido, también optó para deshacerse de gran parte de su vestuario. Y pintó el piso y puso grandes jardineras con flores coloridas en el balcón. Al drástico cambio de imagen le acompaña una dulce y permanente sonrisa, y un entrar y salir de casa asombroso. Por haber sido la mujer de, la ley le ha permitido heredar el deseado alquiler barato que estaba a nombre de su marido y que el propietario quería subirle de 300 euros a 1.400. Por todo ello, junto a la pensión de jubilación y de viudedad, Mari Carmen está viviendo una segunda juventud.

Su nueva vida consiste en hacer todo lo que el matrimonio no le permitió. Emocionada, me explica cómo le van las clases de ofimática a las que se ha apuntado. Ya controla el Word y, lo más importante, ya tiene una cuenta de Gmail donde su hija le envía fotos y vídeos de sus nietos. Sí, Mari Carmen es abuela, y ahora muy orgullosa, de dos traviesos niños que la visitan a menudo, como nunca había pasado antes. También los va a buscar al colegio y cuida de ellos algunas tardes. Además, su hija, idéntica a ella pero con 30 años menos y un matrimonio saludable, ha vuelto al ático donde se crió. Las tardes que no las pasa con los suyos también las ocupa con diferentes actividades: cada martes va al club de lectura de la biblioteca del barrio. Este mes está leyendo el último libro de la trilogía de Baztán de Dolores Redondo, ganadora del premio Planeta 2016. Le está gustando más que los dos primeros, me dice, a la vez que me explica que con los miembros del club también quedan los fines de semana para tomar algo. A la lista de quehaceres hay un curso de maquillaje porque le encanta pintarse como Audrey Hepburn: los ojos de gato y los labios rojo carmín son su sello personal. Ir al gimnasio municipal que está a dos calles de casa también está en la retahíla de novedades. Va a nadar dos veces por semana. “Se siente “una sirena”, dice. Y le encanta hacer aquagym. A mí me encanta verla feliz.

Me equivoqué: esas profundas arrugas que surcan sus pómulos no las causaron los infinitos lloros de su mustio matrimonio, sino la felicidad que tuvo muchos años atrás y que ahora revive con una sonrisa que se acopla perfectamente a ellas. Mari Carmen es la viuda feliz.

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