Tras la barra de un bar

La compañía tras la barra de un bar

Tras la barra de un bar

No son sombras que pululan por Barcelona y que se sientan frente a la barra de su bar por casualidad. Son rostros con nombre que viven en la ciudad y que encuentran una mirada cómplice detrás de aquella barra de madera maciza ya usada y rallada. Javier no es del barrio, pero conoce a quienes le dan vida. No sabe qué pasa fuera de las cuatro paredes de ese local estrecho y alargado a escasos metros de la Sagrada Familia. Sin embargo, dentro de ellas revive la vida mundana del barrio y la de sus vecinos.

Javier escucha con amabilidad, la misma con la que trata a todos los clientes. Sabe crear buenas tertulias que complacen a los asiduos que huyen de la soledad o del ruido. Sin prejuicios. Su cálida mirada y su empática sonrisa colman un cómodo refugio donde sentirte seguro de la furia urbana. Una urbe en la que nadie es nada, sino un simple número, según nuestro carné de identidad. Javier les recuerda que tienen un nombre cada vez que les saluda por esa puerta metálica acristalada que separa la calma del frenesí. No pretende entender a nadie, pero sí crear una complicidad y una fidelidad.

Javier está dónde la vida le lleva. Así de simple. Alto y chupado de cara, las líneas de expresión denotan que ha sabido exprimirla. Tiene calados a todos y simpatiza con las diferentes realidades que vive día tras día. Con el barcelonés que entra con prisa y se toma un café de un sorbo, sin una palabra de más y que paga con la mirada. Con las amigas que se juntan para ponerse al día con chascarrillos que inundan el bar de risas y voces sonoras. Con padres divorciados que traen a sus pequeños a comerse una tarta casera con las manos para disfrutar de su inocente felicidad. Y para sentirse mejores progenitores. Con solitarios que se sientan delante de la barra a sabiendas que nadie se sentará a su lado. Pero todos ellos tienen algo en común: buscan una compañía por un instante.

Su delantal está manchado de tanta experiencia que ya sabe diferenciar un buen diálogo de un desfogue gratuito. Por eso, con su gentileza también hace el silencio para que no le afecten las decenas de historias y cuentos dispares con las que se encuentra a diario. Esa barra le otorga el poder de abrirse al barrio, pero también le protege de unos vecinos que a veces no tienen la misma belleza que el monumento de Gaudí, que asombra a vecinos y turistas a pocos metros. Las copas de vino no pueden pausar el desgarro que sienten y quieren obviar muchos de ellos. Los pasteles artesanos que hacen cada semana no pueden endulzar la estricta cotidianidad que vive la ciudad. Los mejores cafés espumosos del barrio, en cambio, pueden amargar más las vivencias de una clase media que vive con buenas vistas. Aún así, Javier no pierde el porte que ha adquirido en todos estos años. A sus cuarenta y pico mal llevados, le surgió el trabajo gracias a la recomendación de un amigo. Dejó un bar cualquiera de El Prat del Llobregat y cruzó toda la ciudad para servir en un lugar con encanto que ahuyenta a los guiris por su calidad y por su lucha contra los precios de pacotilla. O quizá es que los turistas no buscan compañía. Esa que los hogareños buscamos y que Javier nos da.

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